Somos sólo mujeres o un ejemplo que ofrece el cine

Sebastián Digirónimotapa-sebastian-digironimo-2016-

 

La forma en la que muchas veces se acercan los psicoanalistas a las otras artes implica un error que borra los límites ente éstas y, por lo tanto, las desdibuja, impidiendo con ello toda posibilidad de decir algo interesante. En la actualidad ocurre, sobre todo, con esa forma de arte relativamente nueva, que se nutre, ciertamente, de otras formas de arte anteriores a ella. Tanto se nutre de otras formas de arte anteriores que alguien ha señalado que ella incluye a esas otras formas de arte en una especie de síntesis superadora. Esa lectura es un error. No hay ninguna síntesis superadora, y eso se puede observar en las confusiones que se generan a la hora de reflexionar sobre las enseñanzas que nos dejan ésta o aquélla película. Hablamos, por supuesto, del que se ha dado en llamar séptimo arte.
El cine genera un problema fundamental que radica en la sobrevaloración actual de la imagen. Y en esa sobrevaloración incurre la mayoría de los que reflexionan sobre las películas, sobre todo cuando lo hacen desde el psicoanálisis. El mismo que habló de síntesis superadora dijo que, a la literatura, el cine le agrega la imagen. La pregunta que surge rápidamente es cómo será que lee, cómo será el acceso que él tiene a la literatura. ¿Será que si leyera La isla del tesoro de Stevenson él accederá sólo a la sucesión de palabras que sus ojos ven impresas en la hoja? La sobrevaloración de la imagen efectiva, la que entra por los ojos, marcha pareja con la desvalorización de la palabra. Ambas son directamente proporcionales. Para un psicoanalista, después de Lacan, esa desvalorización de la palabra es, por lo menos, problemática. Desde allí, las puertas se abren a toda posibilidad de despeñaderos.
Hace poco dos personas, psicoanalistas ellas, posteriores a Lacan, que se declaran lacanianas a rajatabla, militantemente, sostuvieron que Lacan, a través de las obras de los artistas, se metía con las vidas de éstos. Que Lacan, en una palabra, psicoanalizaba las obras de los artistas y, con ello, psicoanalizaba a los artistas mismos. Es claro que se trata de una lectura tendenciosa que busca justificar, a través del nombre de Lacan, la propia forma de acercarse a las obras de arte. Esto ya constituiría, por sí mismo, una falacia. Sin embargo, el error es doble.
Estas mismas personas consideran que las palabras de Miller son ley. Quizá lo hacen con razón, ya que Miller es el lector de Lacan por excelencia. Podríamos usar incluso la categoría del lector ideal. (De modo análogo, Barenboim es el lector de Beethoven, quien mejor extrae la lógica de su música, es decir, la poesía). Y de hecho es sólo a través de la lectura de Miller que algunos consiguen leer a Lacan. Y Miller debería desautorizar la otra parte del error que cometían, como claramente se lee en la página 137 de Piezas sueltas: «Lacan no estaba persuadido de que pudiera efectuarse la operación psicoanalítica a partir de obras. Nunca hizo, en la menor medida, psicoanálisis aplicado, y menos a la literatura». Es que, mejor que sostener que Miller es el lector ideal de Lacan, es tratar de explicar por qué ello es así. Y es así, fundamentalmente porque Miller extrae la lógica de la enseñanza de Lacan, y ello implica saber subrayar lo que permite relanzar al psicoanálisis una y otra vez, es decir, reinventarlo todo el tiempo (como todo el tiempo hay que reinventarlo ante quien consulta).
Pero, para peor, hay otro error análogo. También hace poco, quizá incluso el mismo día, leí que alguien se esmeraba en escribir algo que ya le había oído decir a otros: que tal o cual director de cine o escritor “debe haber leído a Lacan”. Una zoncera semejante sería considerar que Sófocles leyó a Freud. Y no es error y zoncera por la mera imposibilidad temporal que ello entraña. Es mucho más complejo que eso. Agreguemos, además, que cada vez que alguien leyó a Lacan o a Freud o a quien fuera, y trata de crear una obra de arte a partir de esa lectura, los resultados suelen ser de una aplastante mediocridad (como siempre que la obra de arte responde a las intenciones del autor -cuando no responde, en cambio, surgen obras de arte pese a esas intenciones: paradigmas de esto son El Quijote y el Martín Fierro). Extrañamente, la creencia en el cálculo total está diseminada también entre quienes deberían saber que cuanto más se calcula el tiro, más se alejará del blanco. Otro día, alguien presentó un caso clínico en el cual había ciertos cambios innegables en el analizante y ellos mostraban, a las claras, cómo a través de lo simbólico se puede tocar el cuerpo. Entonces, ante las intervenciones del psicoanalista, otro, que en ese momento formaba parte del público, sin que nos interesaran los motivos de ello, le señaló que había un punto que parecía pretencioso y preguntó: “¿estuvo calculada esa intervención?”. Sin comparar al psicoanalista con Cervantes, sí podemos decir que la pregunta es tan estúpida como preguntarle a Cervantes si calculó el impacto que El Quijote iba a tener en la literatura. Hay algo que no se puede calcular, pero también hay un momento clave en el cual es necesaria una intervención. Y no hablamos solamente del psicoanálisis, aunque en él esto es más que claro. Seguramente Cervantes sintió, de alguna manera, que debía escribir el Quijote , incluso sin saber de antemano qué sería el Quijote una vez terminado. Sintió que debía escribir.
A estos dos errores análogos se suma uno más, relacionado, sobre todo, con la lectura que suelen hacer los psicoanalistas del cine. No ocurre de la misma manera con la literatura. Cuando es hacia los libros que tienden, suelen caer en el error mencionado antes y leer al autor en la obra (en el peor de los casos leen la vida del autor en la obra, la vida S1 en la obra S2). Con el cine ocurre algo distinto, como si la dimensión de la imagen les hiciera olvidar que las obras cinematográficas también fueron escritas por alguien. El error, sin embargo, está en otro lugar, y se trata de reducir toda una película a una lectura que puede hacerse, por ejemplo, en una escena singular de ella. Así, el resto de la película entra allí a la fuerza, traída de los pelos o metida en el cajón de la lectura a las patadas. Maltrecha, de todas formas, la película se deja hacer y pocos o ningún quejido profiere.
En este caso, la lectura de la película de von Trier que me interesa se reduce a la escena final. Desde allí, de todas formas, se podría llevar a la película toda sin hacerle demasiado daño y sin forzarla del todo.
Partamos de algo que señaló alguien alguna vez. El hombre, poeta, dijo que las películas apocalípticas, particularmente las producidas en Hollywood, adolecen siempre del mismo defecto: retroceden justo cuando están por llegar al punto cumbre de lo apocalíptico. Esbozan ese punto, a veces más, a veces menos, pero, en última instancia, todas retroceden. En los últimos años existieron varios ejemplos de ello: el más burdo es Señales, protagonizada por Nicolas Cage. Otro ejemplo es El día que la tierra se detuvo, que es además, ejemplo de los tiempos que corren, pues se busca cada vez más ganancia sin riesgo (y Hollywood no quiere arriesgar en la taquilla), ejemplo de los tiempos que corren, entonces, porque es remake.
Hay una extraña excepción: Seeking a friend for the end of the world, del año 2012. Es, en un aspecto, la Melancholia norteamericana, pero con cierta particularidad fallida que la hace soportable en la tierra del norte. El mismo desenlace, quizá los mismos anudamientos trágicos y los mismos embrollos edípicos, pero salpicados, por todos lados, por toques de comedia. La pregunta mejor es la más sencilla: ¿qué papel desempeñan esos toques de comedia en la película? La primera respuesta que nos asalta es que atemperan el carácter insoportable de lo irreparable de la tragedia. Toque de comedia fallidos, por otra parte, pues no bastan para borrar el efecto trágico de lo caprichoso del destino sin resurrección que ocurre al final. En el diálogo de los protagonistas esto queda plasmado con todas las letras: se pregunta uno de ellos por qué no se conocieron antes, y la respuesta que encuentran es que no podía haber sido de otra manera. Lo caprichoso del destino humano hacía que estuvieran destinados a no durar. Un no durar apocalíptico, sin resurrección, un destinados-a-no-durar con todas las letras. A uno de los personajes lo reconforta morir feliz, pero al espectador eso no le basta. Al final, la relación de la película de von Trier titulada Melancholia con esta otra Melancholia norteamericana titulada Seeking a friend for the end of the world es análoga a la relación que existe entre el psicoanálisis verdadero, el descubrimiento de Freud, y el psicoanálisis norteamericanizado, la ego psychology.
En síntesis, cuando a película debe enfrentarse con la inexistencia del Otro, retrocede, lo saca de la galera y evita la angustia que tanto aborrece la mirada hollywoodense. La angustia y la taquilla no van de la mano, ciertamente.
Melancholia. Entremos sin anestesia. Hay una escena, cerca del final de la película, en la que se ven unos bichos que, quizá presintiendo la aniquilación, brotan de la tierra casi a borbotones. Allí se muestra lo real crudo una vez que se deshicieron los semblantes. Es la conclusión de lo que le ocurre a la protagonista (con sus pasajes al acto). En este punto comienza una recomposición del semblante que, afortunadamente para la película, no desemboca en el pase mágico de sacar al Otro de la galera.
Esa recomposición del semblante antes del final ocurre entre los personajes de la tía y el sobrino. Ellos reconstituyen la pantalla sosteniendo el semblante de la cueva mágica (sabiendo que no hay ninguna cueva mágica pero que sí hay porque, justamente, funciona como pantalla). Y funciona para ellos dos. La hermana de la protagonista, la madre del niño, queda fuera, y ello se ve en la última escena, justo antes de la aniquiladora colisión de planetas, cuando ella suelta las manos de los otros dos y se rinde a la desesperación.
Collage MelancholiaHay una dualidad entre la decisión femenina y el retroceso histérico que cede al “no quiero saber nada de ello”. En Melancholia esa dualidad está figurada con claridad en la relación entre las dos hermanas, una que no quiere saber nada y la otra que sabe demasiado. Esa dualidad, siempre representada con figuras femeninas, es la relación paradójica que tenemos los seres hablantes con el saber. Sabemos más de lo que querríamos saber pero, al mismo tiempo, sabemos demasiado poco como para hacer algo con ese exceso de saber.
En Oblivion está la misma dualidad. La mujer clonada por el Tet no quiere saber nada. Podemos entrever, aunque nunca se dijera en la película, que ella intuye que hay algo más, pero ciertamente elige retrocedes y no quiere saber nada de eso. La otra mujer, en cambio, se atreve a algo más, aunque el personaje es, en la película, un poco insulso y su posición decidida no está en el centro de la escena cuando insiste en saber qué fue lo que ocurrió con la misión original.

Oblivion
Esa dualidad, mencionada por Freud de pasada en La interpretación de los sueños al referirse a Adam Bede de George Eliot («una muchacha hermosa, pero fatua y enteramente estúpida, y junto a ella una muchacha horrible, pero noble»), está presente en la literatura desde siempre, y quizá la primera vez que ella aparece, como con casi todas las cosas que importan (véase Antígonas de George Steiner), es en la relación entre Antígona e Ismena. Sin embargo, lo que Freud señala teniendo en cuenta el Adam Bede es sólo la superficie de las cosas, es sólo su aspecto más grueso. Es claro que, en esa superficie, se suele equiparar belleza con estupidez y fealdad con nobleza, pero detrás de esa equiparación hay algo mucho más sutil. Y eso más sutil tiene que ver con atreverse a saber o no querer saber nada de ello. Ismena retrocede. Antígona avanza. No importan la belleza o la fealdad -aunque Lacan señalara la importancia de la belleza- importa retroceder o no. Por lo menos ahora, en esta página. “Somos sólo mujeres”, le dice Ismena a Antígona cuando ya no soporta la posibilidad de no retroceder. Antígona podría responderle con las mismas palabras: “somos sólo mujeres”, y luego avanzar hacia donde debe avanzar.
Volvamos por un segundo a la película de von Trier titulada Melancholia. Tiene otra particularidad, porque no sólo se observa en ella la dualidad que mencionamos antes en cuanto al saber sino que ella misma, como película, no retrocede nunca, y el resultado es que esta película se transforma así, quizá (y aventurando un juicio lapidario), en la película más angustiante de la historia del cine. Es una verdadera obra de arte y, quien oyera los comentarios del director de la película y de los actores, sabría que se trata de un caso análogo al Quijote y al Martín Fierro a la literatura. Afortunadamente, la obra sabe ir más allá de las intenciones de sus autores y de las lecturas de sus ejecutores. Eso res, en última instancia, lo que hace arte al arte: el ir más allá de las intenciones de sus autores o ejecutores. Un ir más allá que es furioso. Y el iracundo se queda más acá. Ismena dice “somos sólo mujeres” y se queda más acá. Antígona debería decir lo mismo y avanzar furiosamente.


Sebastián Digirónimo: Elogio de la furia, Letra Viva, Buenos Aires, 2017, página 53.

Los seres de ojos negros

Tiburón Mako a punto de atacar (Ph Sam Cahir)

Tiburón Mako a punto de atacar (Ph Sam Cahir)

Al principio pensé que era un sueño, pero me confundí, me engañé, me defendí de ello como pude.
Tenía que ir a una clase de educación física o a jugar fútbol en un club que yo conocía, actividades típicas de atareado adolescente. Era el club en el cual yo había hecho educación física en el colegio secundario. Yo vivía en una casa bastante lejos de allí, una casa que creí no reconocer. Todo esto servía para mi defensa, para engañarme, para pensar que era un sueño, que yo estaba protegido de todo bajo el calor de las cobijas y en la comodidad de mi cama.
Decidí que podía ir en bicicleta pese a la distancia, al fin y al cabo tenía tiempo para ello. No era cierto, o tenía tiempo antes; a mitad de camino me di cuenta que estaba llegando tarde y que, además, me había olvidado la cadena para atar la bicicleta, así que no sabía qué iba a hacer con ella al llegar. Mientras pedaleaba pensaba mil soluciones posibles, todas inadecuadas y poco convincentes. Estaba por llover y cada vez el cielo se oscurecía más y más. Era plena tarde, pero parecía anochecer por el espesor de las nubes. Yo seguía pedaleando pensando si me convenía volver o llegar al club sin saber bien qué hacer allí con mi bicicleta.
Al llegar a una esquina vi una camioneta parada justo en el medio de la calle. El hombre que estaba dentro de la camioneta observaba atónito la pantalla del tablero de la camioneta en la cual se reproducía lo que estaba captando la cámara que llevaba en ella. La cámara apuntaba al cielo. Traté de espiar la pantalla que miraba absorto el hombre. Entreví el cielo. Entendí que me convenía levantar la vista y mirar directamente hacia las nubes con mis propios ojos. Hubiera sido mejor seguir mirando la pantalla. La mediación que ella implica me protegía. Las nubes eran distintas a todas las nubes que había visto antes. Parecían el humo de una explosión o de muchas explosiones juntas. De repente, un lugar en el cielo me llamó más la atención que los otros. Las nubes en ese punto se movieron como se mueve el agua cuando ocurre un estallido bajo ella. Un sacudón o un estremecimiento súbito y vuelta al mismo lugar. Inmediatamente después, en ese mismo punto, vi algunas cosas incomprensibles: parecía verse un automóvil enorme o el dibujo de un automóvil enorme, después una especie de periódico también enorme y luces que se encendían y apagaban; luces, no lámparas, sólo las luces. Otra vez me convino pensar que soñaba hasta que el hombre de la camioneta habló: “se terminó”, dijo. Cuando habló dejé de mirar el cielo y ya no volví a mirarlo, lo miré a él y vi cómo arrancaba la camioneta y partía hacia ningún lado. ¿Dónde iba a ir? Yo pensé lo mismo, pensé en escapar, pero, ¿a dónde? Y es en ese preciso momento que se hace un hueco en mi memoria.
Ya no estaba en mi bicicleta ni estaba yendo al club. Ya no sabía dónde estaba y sabía solamente que debía escapar para sobrevivir. Sabía que estaba cerca de una playa. La veía. Por lo que pude entender después, eso que se vio en el cielo fue el inicio de un ataque extraterrestre cuyo resultado fue los seres de ojos negros. Los humanos se infectaron con un virus o algo que los convirtió en unos seres que lo único que buscan es morder a otros seres. El virus, por supuesto, parece propagarse por la mordida. Una forma del famosísimo apocalipsis zombi pero sin zombis sino con los seres de ojos negros. Es que los ojos de los humanos infectados son completamente negros, sin partes blancas. Hay que verlos para entender su inhumanidad. Yo no sé por qué no estoy infectado, sólo sé que debo escapar porque quieren morderme. Pero no debo escapar solamente de ellos: hay leones y otras fieras que quieren devorarme. No volví a ver a otro humano no infectado después del hombre de la camioneta y del hueco de mi memoria. Ese hueco en la memoria me abruma. Intento pensar cómo llegué a esta situación y no consigo nada más que vacío. Pero, de todas formas, no tengo demasiado tiempo para pensar: están las fieras que quieren comerme y, sobre todo, los seres de los ojos negros que son muchísimos y, aunque no quieren comerme, sí quieren morderme e infectarme. Son frenéticos. Tengo que encontrar un lugar aislado, un lugar que los hombres, antes del ataque extraterrestre (o lo que fuera que ocurrió aquel día), no solieran frecuentar mucho. Tengo que alejarme de toda ciudad, de todo vestigio de lo que era la vida humana.
Al ver la playa tan cerca pensé en ir hacia el mar, pero no supe bien qué ganaría con ello. Me alejé, entonces, de la playa, sin rumbo preciso. Mala elección, pues después de pocos minutos me encontré con un león que me persiguió con hambrienta furia. Al intentar escapar de él ciegamente, caí en una profunda grieta que no llegué a ver. Me golpeé con fuerza y me desmayé.
Al despertar lo primero que pensé es que había soñado todo. Pero estaba allí, en el fondo de la grieta, y el engaño defensivo de imaginar que soñé o que sueño ya no surtía más efecto. Ocurrió todo como lo recuerdo y nada gano con negarlo. Incluso ocurrió todo como NO lo recuerdo. Es decir que también ocurrió el hueco de mi memoria. Pero rápidamente vi que mi caída fue una verdadera suerte. Estaba en un lugar perfecto para mantenerme alejado de las fieras y, sobre todo, de los seres de ojos negros que intentan morderlo todo. Había allí (es decir, hay aquí) todo lo necesario para mi sustento salvo, quizá, agua fresca, pero sólo debía esperar que proveyera la lluvia y todo era cuestión de saber recolectarla y aprovecharla. Era un buen lugar, una tierra virgen no arruinada por los hombres, pero tampoco plagada de peligros naturales. Ni hombres (es decir, eso en lo que los hombres se han convertido), ni fieras voraces. Sin embargo, hay que ser precavido, así que debí planear y preparar una vía de escape en caso de un ataque de fiera o ser de ojos negros. Mientras lo hacía me preguntaba todo el tiempo si habría otros como yo, otros hombres que, por el azar que fuera, no han sido infectados y que buscan con el mayor ahínco la soledad más absoluta. El agujero en mi memoria me espoleaba más y más (me espolea más y más). ¿Qué había pasado ese día en el cielo y por qué no volví a ver nunca un ser humano que no se hubiera convertido en un ser de ojos negros? ¿Por qué yo seguía siendo fundamentalmente el mismo, salvo por el agujero en mi memoria? ¿Cómo sobreviví desde que pasó lo que pasó hasta que tuve que vivir escapando de humanoides y fieras? La última pregunta se dirige al centro mismo del agujero en mi memoria y, por eso, está destinada a ser vana.
No pasó demasiado tiempo hasta que mi vía de escape se volvió útil. Otra vez un león. Para huir sólo tenía que atravesar un túnel que construí con ramas, hojas y barro, trepar por una especie de escarpada ladera con árboles y luego me ponía a salvo cerrándole el paso a quien me siguiera con un rústico obstáculo que fue muy fácil construir y que resultaba tremendamente efectivo. Hice lo que debía hacer y el león, ante el obstáculo, desistió y prefirió buscar presas más fáciles. Sólo me faltaba comprobar cómo funcionaría el artilugio de escape ante uno de los seres de ojos negros que suelen ser muchísimo más porfiados.

*

No pasó demasiado tiempo tampoco para ello, pero fue, y es, atroz. El hueco en mi memoria, que me espoleaba y me hacía sufrir y no me dejaba tranquilo siquiera un momento, era distinto de lo que yo creía. Y lo descubrí de la peor de las maneras, si es que hay acaso alguna manera que pudiera ser mejor.
Lo vi desde lejos. Él no me vio. Yo ya había vivido escenas similares muchas veces (o eso creía recordar junto a todo lo que no recordaba). Era todo cuestión de tiempo. Primero husmeaba, tanteaba, pero en cuanto me veía se despertaba en él el frenesí y el vértigo. Ocurría al mismo tiempo. Verme y empezar a correr alocadamente hacia mí eran la misma cosa. ¡Y esos ojos indescriptibles, esa negrura inexpresiva llena sólo de inexplicable voracidad sin sentido! Aunque no era voracidad. Voracidad era la de los leones y las otras fieras. La de ellos era sólo la voluntad de morder e infectar. ¿Infecticidad? ¿Mordacidad? No. Mordacidad es palabra que existe y quiere decir otra cosa. No hay palabra existente para esa única voluntad de mordida como tampoco la hay para la inexpresividad inhumana de los ojos completamente negros de los seres de ojos negros.
Lo vi, entonces, y me apresté a emprender la fuga hacia mi planeada vía de escape. El éxito se basaba todo en la rapidez y la anticipación, y yo contaba con la ventaja de que todavía no me había visto. Corrí alocadamente, casi como ellos, pero por eso mismo fui torpe y entonces hice demasiado ruido y llamé su atención. Él me vio por mi propia culpa. Atravesé el túnel de un tirón, trepé, activé la trampa, generé el obstáculo. Previendo su terquedad fui más allá que con el león y activé la segunda trampa, preparada especialmente para los seres de ojos negros, pero la trampa falló y me aterré. Esa segunda trampa era mi seguridad, así que presa del terror tuve que ir más allá todavía, trepar todavía más y más. En un frenesí parecido al de ellos seguí trepando casi hasta el borde de la gran grieta en la cual había caído por azar. Y tan entregado al frenesí del escape estaba que no me di cuenta de lo más notable: él no me perseguía como los otros. Eso lo entendí sólo cuando llegué casi al borde de la grieta. Miré hacia abajo y hacia atrás y lo vi ahí parado, observándome. Vi, además, lleno de sorpresa, que llevaba una especie de palo de madera que me pareció algo así como una lanza. Jamás había visto que los seres de ojos negros fabricaran herramientas; su única herramienta, completamente efectiva, era su mordida infecciosa que era, a la vez, su único propósito. La sorpresa primera se convirtió súbitamente en esperanza cuando se me cruzó por la cabeza que quizá había encontrado a otro como yo, otro sobreviviente no infectado. Lo miré fijo a la distancia. Me separaban de él unos trescientos metros, así que no veía los detalles, sólo veía que no me perseguía como los otros. Lo miré fijo con esperanza desconfiada. Él no se movió. A lo lejos me pareció que su rostro era distinto, más humano, menos vacío que el de los seres de ojos negros, pero estaba demasiado lejos para estar seguro. Pensé que podía ser el engaño de mi esperanza, el último de los males, como habíamos sabido siempre hasta el día de la invasión o del ataque. Ceder a lo que me dictaba la esperanza podía ser un error fatal, así que esperé un largo rato antes de atreverme a algún movimiento distinto a la huida. Durante todo ese tiempo él sólo se mantuvo en su lugar, quieto y, al parecer, observándome. En ese punto tenía dos opciones: trepar hasta lo más alto de la grieta y abandonar mi refugio con la esperanza de encontrar otro lo antes posible; o suponer que él era otro no infectado, que era un humano como yo, y buscar un aliado en pos de la supervivencia. Para eso debía acercarme y hablarle.
Tardé en tomar la decisión, pero pudo más la curiosidad y la necesidad de descanso en tan interminable huida. Pensé que si encontraba otro sobreviviente me serviría también para llenar el hueco de mi memoria que tanto me agitaba (sobre todo de noche, cuando soñaba algo entre sobresalto y sobresalto). Descendí un poco, muy poquito, y desde allí le grité mi nombre y le pregunté el suyo. Estaba muy lejos todavía, pero yo estaba casi seguro que, si era un hombre, desde allí podía llegar a oírme.
No me respondió, pero yo tuve casi la certeza que me oyó. Creí ver que mi voz fue, para él, como una sacudida, que ella le había llegado y lo había hecho vibrar. Creí ver algo así como un estremecimiento. Desde tan lejos, por supuesto, no podía estar seguro de algo tan sutil. Tal vez el que se estremeció fui yo mismo al creer ver que mi voz parecía causar en él algún efecto. Con los seres de ojos negros las palabras valían lo mismo que el viento; ellos sólo querían morder y no prestaban atención a ninguna palabra que uno pudiera pronunciar. Era peor que eso, pues ellos mismos no emitían el menor sonido: ni un grito, ni un gruñido, nada de nada. Eran una pura mordida silenciosa acompañada por esos ojos totalmente negros e inexpresivos. El silencio y los ojos negros eran una conjunción sin igual: el horror más horroroso sin ningún sentido. Pero era claro que este otro era distinto, o yo creí percibir algo distinto en él. Lo único cierto es que debía acercarme todavía más para poder sacar conclusiones.
Vacilé un poco, pero al final decidí acercarme con cautela. Descendí unos cuantos metros, ya no me encontraba casi en el borde de la grieta. Estaba casi a la altura de la segunda trampa, la que falló y la más importante. Yo no dejaba de vigilarlo y él parecía seguirme con la mirada, pero sin frenesí y sin vértigo. A esa altura me detuve y volví a hablarle. Él reaccionó ante mi voz, esta vez no había casi lugar para las dudas. Eso me dio coraje y descendí un poco más rápido, llenándome cada vez más de esperanzas. Era casi seguro que había encontrado otro como yo, otro no infectado.
Descendí casi hasta la primera trampa, la de los leones y estuve allí a la distancia justa para verle los ojos. Quedé paralizado, no supe qué hacer. No entendí qué ocurría. Me llené de dudas y de posibles explicaciones, ninguna de ellas satisfactoria o convincente. No era un ser de ojos negros, no tenía los ojos completamente negros e inexpresivos de los mordedores, pero tampoco tenía ojos como los míos, tampoco tenía ojos humanos. Eran ojos casi humanos, ciertamente expresivos, con sus partes blancas y sus partes de color, pero no eran ojos exactamente humanos. Estaban, si se puede decir así, casi al revés. El iris, la parte de color, estaba en la parte externa del globo ocular y no en el centro. Me explico (es que es inexplicable e indescriptible): el ojo derecho, en vez de tener el iris en el centro del ojo, rodeado por las partes blancas, lo tenía en el extremo derecho, como si dijéramos “hacia afuera”. Y lo mismo ocurría con el ojo izquierdo, que también estaba “hacia afuera”. Su rostro, de esa manera, parecía mitad humano y mitad otra cosa. Parecía tener una mirada de ciervo o de caballo pero en un rostro, por lo demás, enteramente humano y tan expresivo como los rostros humanos que pululaban por el mundo antes del ataque. Estábamos tan acostumbrados a esos rostros humanos y a sus expresiones que no parábamos mientes en su expresividad, se nos volvían cotidianos y, por eso mismo y en el extremo, hasta anodinos… y sin embargo, ¡son tan raros! Y su rostro, con esos ojos, era más raro todavía.
Quedé paralizado sin saber qué hacer hasta que decidí hablarle de nuevo. “Me llamo Alfredo”, dije. “O me llamaba”, pensé. Hubo un segundo de tensión hasta que él también habló. Me dijo algo que no entendí con una voz enteramente humana. Vi que lo que llevaba en la mano era efectivamente una especie de lanza rudimentaria y que vestía una rara prenda de piel que le cubría los genitales. Iba con el torso desnudo, como yo, por otra parte, y como los seres de ojos negros.
Vacilé más que antes, sobre todo por esos ojos. Sin embargo, me acerqué un poco más. Vi con mayor claridad sus ojos de ciervo en su rostro de hombre. Esos ojos extraños lo deshumanizaban un poco, aunque ese poco se convertía para mí en un gran mucho enorme.
Había hablado, no obstante; o por lo menos había emitido sonidos que parecían articulados con una voz enteramente humana. Además su rostro era expresivo, no como el de los seres de ojos negros, pero esos ojos de ciervo eran para mí enteramente inquietantes.
–Los ojos –dije.
Él no me respondió quizá porque no me entendió. No hizo gestos ni se inquietó por no entenderme si es que efectivamente no me había entendido. Eso me hizo dudar más todavía. Retrocedí un poco. Entonces él, de repente, volvió a hablar.
No lo entendí y se lo dije. El malestar que me generaba no entender crecía exponencialmente.
–¡No entiendo!
Se lo dije también en inglés, en italiano y en francés. Quise recordar cómo se decía en latín pero no pude. Él no me respondió, pero vi entonces que él también me miraba a mí con mucha curiosidad. Yo estaba tan atrapado en mi incertidumbre que no lo había notado antes. Eso me volvió a dar coraje y me acerqué un poco más. Desanduve los pasos que había retrocedido y me acerqué varios metros más todavía. Vi una piedra puntiaguda en el suelo y la levanté. Con ella podría defenderme. Él, sin embargo, no parecía querer atacarme. Ni siquiera le importó que yo levantara la piedra, como si no concibiera un ataque mío hacia él.
Bajé entonces un poco más. De repente me hizo un gesto y yo me detuve. Pareció señalarse los ojos y dijo algo que otra vez no entendí, algo así como “glishalcorserlash”. ¿Y ése qué idioma era? Me quedé quieto un rato largo, con mi piedra en la mano y sin saber si me convenía acercarme más o emprender de nuevo la huida hacia arriba. Durante todo ese tiempo, él me miró con curiosidad con esos extraños ojos. Su gesto no era para nada estúpido. Traslucía una curiosidad genuina, inteligente y, al mismo tiempo, bonachona; parecía ayuna de toda voluntad de mal. Era, en algún punto, todo lo contrario que los ojos completamente negros de los seres de ojos negros que eran algo así como pura voluntad de mal sin sentido. Él parecía no querer nada de mí salvo, quizá, entender mi naturaleza que, al parecer, despertaba en él algo que yo no pude descifrar. Era una especie de fascinación sin inquietud que parecía provenir de lo más profundo de él.
–Quiero acercarme, pero desconfío –dije– tengo miedo.
Su rostro sufrió una especie de transformación.
–¿Miedo? –dijo, con claro tono de pregunta.
Lleno de sorpresa dije entonces que sí. “¡Miedo, sí, miedo!”, dije.
Él miró entonces hacia arriba con sus extraños ojos, hacia el cielo que estaba casi todo azul con unas pocas nubes blancas y pequeñas. Por una especie de reflejo yo lo imité y también miré hacia el cielo y después lo miré sin entender. Él me miró casi de la misma manera, salvo por sus ojos de ciervo. Su expresión, de nuevo, no traslucía ni un dejo de estupidez. Era casi seguro que me entendía tan poco como yo lo entendía a él, pero su no entender era enteramente inteligente y tranquilo. Yo, en cambio, me inquietaba con ello.
–Miedo slinc –dijo, o “miedoslink”, y señaló el cielo. Después me sonrió.
–No entiendo –dije– Hablo castellano, o parlo italiano, o I can speak english.
–¡Glish! –dijo, entusiasmado.
–¿Glish? –dije– ¿English?
–Slinc, glish –dijo, y cerró los ojos para después tapárselos con las manos.
Después de ese diálogo fallido, pero diálogo al fin y al cabo, decidí acercarme del todo. No quedaban dudas que ese hombre no era un ser de los ojos negros. Parecía un hombre como yo, salvo por los ojos, por el idioma y por algo más que yo no supe descifrar en ese momento. Para acercarme más tenía que pasar por el túnel que construí con ramas, hojas y barro. Eso me generaba un problema, porque al atravesar el túnel lo iba a perder de vista por un tiempo. Pero ya no podía retroceder. Estaba allí ante ese hombre tan extraño y hasta había alguna posibilidad de liberarme del agujero de mi memoria que tanto me espoleaba. Parecía digno de mi confianza y hasta pensé, con esperanzas renovadas, que con el tiempo podíamos llegar a entendernos.
Decidí aventurarme por el túnel de escape que había construido. Cuando saliera por la otra punta, treinta metros más allá, nos encontraríamos cara a cara y él tenía su lanza, pero yo tenía mi piedra y la fortuna que me había permitido sobrevivir todo ese tiempo. Creí que no tenía casi nada que perder y comencé a caminar lentamente, aunque apresuré el paso casi sin dudarlo. Cuando llegué a cinco metros de la salida, con gran cautela, casi cobardemente, me detuve en seco, como si esperara la emboscada artera de un enemigo traicionero. Me preparé entonces para encontrarme con el hombre ojos de ciervo y levanté la mano con la piedra preparada para reventarle el cráneo. Desde afuera, de repente, él comenzó a hablarme, como si quisiera tranquilizarme con sus palabras en mi travesía por el túnel. Y de hecho logró tranquilizarme, porque al escuchar su voz enteramente humana yo podía adivinar con exactitud dónde se encontraba y perdía así el temor a la traicionera emboscada. Me pareció que entre las palabras que pronunció estaban luz y noche o broche o coche (las sílabas o-che estaban seguro). Me relajé un poco y bajé el brazo armado con la piedra, aunque la conservé y apreté fuertemente con mi mano.
Me atreví al fin a salir del túnel y, otra vez, quedé paralizado por la sorpresa. El hombre de ojos de ciervo, al parecer, no hablaba para tranquilizarme, sino que hablaba con otros hombres y mujeres que estaban con él y que yo no había percibido antes. Todos ellos me miraban con la misma curiosidad inteligente y parecían intrigados sobre todo por mis ojos. Los ojos raros no eran los del hombre ojos de ciervo. Los ojos raros eran los míos. Todos ellos, hombres y mujeres, tenían los ojos iguales, ojos de ciervo, como los llamé, pero que no eran ojos de ciervo sino esos inexplicables ojos “hacia afuera” que intenté describir.
Me hablaron. No entendí. Les hablé y no me entendieron. Todos ellos vestían esas extrañas prendas de piel (que no eran ni un pantalón ni una pollera ni un taparrabo) y andaban con el torso desnudo, tanto los hombres como las mujeres. Y yo estaba con el torso desnudo y con mis raídos jeans y mis desgastadas zapatillas. Salvo por las prendas de vestir y por los ojos, nos parecíamos, pero no nos entendíamos.
–Seid miedo glaserring –dijo el hombre ojos de ciervo, es decir el primero de ellos, el único que yo vi cuando huí hacia lo alto de la grieta.
Los otros hicieron con la cabeza una especie de gesto de negación, moviéndola de lado a lado. Uno de ellos miró al cielo como lo había hecho antes el hombre ojos de ciervo.
Una mujer se me acercó y me miró directo a los ojos largamente. Creí entrever una especie de fascinación tranquila como había percibido antes en el otro. Sentí una especie de bondad extrema en su mirada.
–Glish grinver –dijo de repente.

*

Estuve en lo cierto. De a poco nos fuimos entendiendo. Sirvió para ello que yo me atreviera a hablar más y más, sobre todo con la mujer que me había mirado largamente a los ojos aquél día. Me hizo sonreír descubrir qué quería decir miedo para ellos. Y no había oído mal cuando creí escuchar las palabras luz y coche.
Resulta que miedo es, para los hombres ojos de ciervo, cielo nocturno o cielo oscuro. Por eso había ocurrido lo que ocurrió en aquel fallido diálogo inicial con el hombre ojos de ciervo. Glish es ojos, y grinver es verde. La mujer que dijo “glish grinver” se refería a mis ojos verdes. Todos ellos tienen los ojos oscuros, además de tenerlos “hacia afuera” y lo verde de mis ojos les llamó la atención mucho más que la centralidad de mis iris y mis pupilas.
En el pueblo de los hombres ojos de ciervo encontré, primero, seguridad y cobijo, aunque luego encontré mucho más. Es que, espoleado siempre por el agujero de mi memoria, quise encontrar respuestas y, mientras aprendía su idioma, encontré también la posibilidad de descubrir la profundidad verdadera de ese agujero de mi memoria que es, en realidad, un enorme abismo. Junto con mi abismo encontré también mi profesión, que es el resultado del desesperado intento por construir un puente imposible sobre el abismo inexpugnable de mi memoria. El enigma mayor es, por supuesto, cómo sobreviví durante tanto tiempo. ¿Qué fue lo que me permitió estar hoy en el mundo de los hombres ojos de ciervo? Iba en mi bicicleta y, de repente, aquí estoy, reconstruyendo mi historia con los fragmentos que encuentro en el mundo de los hombres ojos de ciervo. Y esa reconstrucción me abruma tanto como el abismo de mi memoria. Intento sortear un abismo y encuentro un abismo más profundo. Es esa, quizá, la maldición de mi humanidad.
Ocurre que el ataque extraterrestre con el cual mi abismo comenzó no sé si fue un ataque extraterrestre pero sí sé que ocurrió hace exactamente seiscientos dieciocho años. Ocurrió el estallido en el cielo que recuerdo con tanta claridad y ocurrió que a causa de ese estallido los hombres se convirtieron en los seres de ojos negros. El agujero que yo creía entrever en mi memoria es, en realidad, un doble agujero. No sé por qué no me infecté de entrada, no sé por qué no me convertí en un ser de ojos negros. Luego tuve que sobrevivir escapando de los mordedores, y eso sí lo sé. Me ayudó mucho la fortuna, extrañamente, y sobreviví. Pero ello no ocurrió de inmediato. Quizá ya habían pasado decenas de años desde el ataque hasta que desperté cerca de la playa, y hay allí un hueco que jamás podré llenar. ¿Qué fue lo que pasó en ese tiempo y dónde estuve? No lo sabré nunca. El segundo abismo está en el día en el cual caí en la gran grieta tratando de escapar del león. Caí y me desmayé. ¿Cuánto tiempo pasó? No lo sé ni lo sabré nunca. Estuve allí abajo durante meses temiendo inútilmente la aparición de los seres de ojos negros. Ellos ya no existen y sus descendientes son, por supuesto, los hombres ojos de ciervo. Los hombres ojos de ciervo son lo que queda de los hombres después de pasar por los seres de ojos negros. Los hombres ojos de ciervo son los humanos infectados y curados de la infección. El pasaje por la infección no sólo les ha dejado los ojos de ciervo, todos oscuros (no hay ojos de ciervo verdes ni hay ojos de ciervo azules). En cierto modo también los ha purificado pues les ha quitado lo peor de los hombres. No hay en ellos, como supe entrever aquel día, codicia, ni mezquindad, ni egocentrismo extremo, ni concupiscencia, ni perversidad, ni maldad alguna. Sí hay deseo, y no lo temen ni se detienen ante él. Esto no quiere decir que para ellos fuera todo color de rosa, pero el hombre no es lo que era y me parece entrever que el cambio fue para mejor. Es como si el hombre, para liberarse del horror mudo y sin expresión que había en los ojos completamente negros de los seres de ojos negros, hubiera tenido que convertirse enteramente en ellos. Es como si el hombre se hubiera tenido que convertir en eso para liberarse de eso mismo. ¿Y ello por qué ocurrió y cómo? No lo sé. Mi mejor hipótesis es la del ataque extraterrestre, pero es una hipótesis endeble. No hay vestigios de ningún ataque, sólo huellas de la existencia de los seres de ojos negros que yo conocí en carne y hueso. Las huellas me permiten saber sólo una cosa: los hombres se han curado. Incluso se curaron de Babel. Su idioma es una mezcla extraña de todos los idiomas anteriores. Yo intento reconstruir el pasaje de una cosa a otra, pero hay siempre un eslabón perdido, como lo había antes. Descubro pequeñeces. Por ejemplo, en algún momento al cielo nocturno lo llamaron miedo, con esa palabra castellana, y allí quedó. ¿Cómo, por qué, quién? No lo sé ni lo sabré. El cielo diurno se llama sáin, que recuerda vagamente al sky inglés. Ejemplos así hay por todos lados, pero ellos no me permiten responder las preguntas fundamentales. Es casi una vana descripción de lo que hay más que una explicación de por qué hay lo que hay.
Encontrar los rastros arqueológico-lingüísticos de los hombres ojos de ciervo consume casi todo mi tiempo. Es, de alguna manera, tratar de encontrarme a mí mismo. Y es vano. Pero hay en esa actividad un alivio. Porque hay en el encontrarme a mí mismo una trampa enorme. En los peores momentos hasta llego a pensar que ya me encontré. Si detengo mi trabajo, me encuentro y, entonces, estoy perdido en serio. Por eso me detengo muy poco y sigo y sigo y sigo. Casi con el mismo frenesí y el mismo vértigo que embargaba a los mordedores.
Es que cuanto más intento construir un puente sobre el abismo de mi memoria más entiendo que el abismo soy yo mismo. Soy el único infectado en serio. Soy la grieta. Soy el inexplicable resto del virus anterior al virus. Soy el eslabón perdido que nunca debería encontrarse. Y si me detengo entiendo que debería suicidarme por el bien de ellos, por el bien de este mundo mejorado hasta el infinito. Pero sé que ya es tarde… ya es demasiado tarde. La mujer ojos de ciervo que aquel día quedó prendada de mis extraños ojos, la que dijo “glish grinver”, es la madre de mis dos hijas de ojos verdes y humanos.

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2017
Sebastián A. Digirónimo